Sobre el concepto de pulsión en Freud: La acción eficaz conjugada
La acción eficaz conjugada
Por Natalia Losano
Freud sostiene en su escrito “Pulsiones y destinos” que el concepto de pulsión es “básico” (es decir, fundamental, que sienta las bases sobre las que se sustenta la teoría). Sobre él es posible introducir cambios con el avance de la teoría.
Este concepto comienza siendo un “concepto fronterizo” (Sigmund Freud, 1915), se puede decir que traza fronteras y hace distingos, marca una orientación y una dirección de satisfacción, hasta que finalmente termina siendo definido, en “Esquema del psicoanálisis”, como una “fuerza” que representa, que hace presente con palabras, “los requerimientos que hace el cuerpo a la vida” (Sigmund Freud, 1938).
Entiendo que los diferentes cambios introducidos por Freud en relación al concepto se establecieron en función de la clasificación pulsional, sosteniendo siempre que si las pulsiones “primordiales” son aquellas que ya no admiten descomposición, es necesario precisarlas, para así evitar un exceso de variedad en esa clasificación.
Si bien sostiene un dualismo a lo largo de toda su obra, ya que, entiende, es epistemológicamente imprescindible hacerlo, en sus últimos escritos reemplaza el conflicto entre las pulsiones sexuales y las pulsiones de autoconservación, por “la acción eficaz conjugada” (Sigmund Freud, 1938), o sea la mezcla y aleación, de la pulsión de muerte y Eros (o libido -palabra que acompaña hasta el final a lo que se conoce como pulsión de vida), volviéndose, desde aquí en más, irreconocibles por separado. El dualismo epistemológico se transforma en un monismo operativo.
A la pulsión de muerte la define como una tendencia (palabra que implica orientación, dirección, fuerza, propensión), monocorde, que impera, como siendo la única a la que le corresponde la formula siguiente: una pulsión aspira al regreso (estrictamente a reconducir sobre un trayecto ya establecido) a un estado “que lo vivo debió resignar” (Sigmund Freud, 1920). Mencionada formula no le corresponde, por consiguiente, a Eros, ya que la sustancia viva no fue nunca una unidad. Pareciera que, para Freud, la sustancia viva ya está desgarrada desde su inicio.
Eros es una complicación, una exigencia (una pretensión caprichosa o desmedida), que intenta volver inocua, o desviar, la pulsión de muerte. Eros persigue una meta: la de “reunir la sustancia viva dispersada en partículas” (Sigmund Freud, 1923). Es Eros entonces el encargado de cuestionar el destino de la pulsión de muerte.
¿Es posible decir, entonces, que, en su “acción eficaz conjugada”, la pulsión (de muerte -no hay otra-), al presentarse como tendencia, define la dirección, y el Eros señala exigentemente el objeto sobre el cual la pulsión hará su recorrido?
