Tensión entre lógica y política

horacio-iesLas palabras: la tensión entre lógica y política

Por Horacio Bruera (*)

 

Según enseñan los manuales de filosofía, los sofistas fueron personajes de la Antigua Grecia que recorrían las ciudades formando a los jóvenes como futuros políticos. Su enseñanza se basaba, fundamentalmente, en la retórica, el arte de dominar las palabras para persuadir a los oyentes, sin importar si lo que decían era verdadero o falso.

Se dice que Sócrates los llamó “prostitutas del saber”, porque ofrecían su saber a cambio de dinero, aunque la realidad de las cosas es que la disputa con Sócrates, Platón y Aristóteles estuvo centrada, justamente, en la relación entre el uso del discurso y la verdad. Lo cual no quiere decir que rechazaran la retórica, todo lo contrario, el mismo Aristóteles tiene un famoso tratado llamado Retórica. Lo que cuestionaban a los sofistas era el uso del discurso con fines meramente persuasivos, dado que para ellos la retórica debía estar indisolublemente ligada a la función de decir la verdad, de “decir lo que es”. Ser, verdad y lenguaje formaban una unidad que no debía ser desarticulada.

En cambio, para los sofistas era legítimo el uso del lenguaje, del arte de la palabra con fines netamente persuasivos. Incluso, parece que ese era el único uso con sentido, dado que el lenguaje no podía expresar el pensamiento y el pensamiento no podía dar con el ser. No hay ser; si lo hubiera, no lo podríamos conocer; si lo pudiéramos conocer, no lo podríamos comunicar a otros, señaló uno de los sofistas más famosos, Gorgias de Leontini, al que Platón le dedicó un diálogo titulado, precisamente, Gorgias.

Para probar su tesis, los sofistas solían  emprender empresas difíciles. Por ejemplo, todos saben que, conforme al testimonio de Homero, la famosa guerra de Troya se inició debido al rapto de Helena, esposa del griego Menelao, perpetrado por Paris, príncipe troyano. Para los griegos, Helena era “la destructora”, según rezaba la etimología de su nombre. Contrariamente,  Gorgias escribió un Elogio o defensa de Helena a fin de probar que Helena era inocente. En realidad, lo que Gorgias pretendía, era ejemplificar el uso de las palabras, el poder persuasivo del discurso, la posibilidad siempre existente de argumentar a favor o en contra de determinada tesis, de persuadir al auditorio o a los lectores en un sentido o en otro. El poder de las palabras.

Rescato este pasaje del texto gorgiano, pues creo que hoy en día es imprescindible:

 

La palabra es un poderoso soberano, que con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo realiza empresas absolutamente divinas. En efecto, puede eliminar el temor, suprimir la tristeza, infundir alegría, aumentar la compasión… Las sugestiones inspiradas mediante la palabra producen el placer y apartan el dolor. La fuerza de la sugestión adueñándose de la opinión del alma, la domina, la convence y la transforma como por una fascinación… Y ¡cuántos han engañado y engañan a cuántos y en cuántas cosas con la exposición hábil de un razonamiento erróneo! Si todos los hombres tuvieran completo recuerdo del pasado y previsión del futuro, ese razonamiento no podría engañarlos del modo como lo hace. Pero es imposible recordar el pasado, conocer el presente y predecir el futuro. Y por ello la mayor parte de los hombres y en la mayor parte de las cuestiones toman la opinión como consejera del alma. Pero la opinión, siendo incierta e inconsistente, arroja a los que se sirven de ella en infortunios inconsistentes e inciertos… Pues la fuerza de la persuasión es imposible de resistir y por ello no da lugar a la censura, ya que tiene el mismo poder que el destino. En efecto, la palabra que persuade al alma obliga a esta alma, que ha persuadido, a obedecer sus mandatos y a aprobar sus actos. Por tanto, el que infunde una persuasión, en cuanto priva de la libertad, obra injustamente, pero quien es persuadida, en cuanto privada de la libertad por la palabra, sólo por error puede ser censurada… Y la misma proporción hay entre el poder de la palabra respecto a la disposición del alma que entre el poder de los medicamentos con relación al estado del cuerpo. Así como unos medicamentos expulsan del cuerpo unos humores y otros a otros distintos, y unos eliminan la enfermedad y otros la vida, así también unas palabras producen tristeza, otras placer, otras temor, otras infunden en los oyentes coraje, otras mediante una maligna persuasión emponzoñan y engañan el alma.

 

Íntimamente ligado con esta cuestión, está el hecho, por todos conocidos, de que los sofistas se dedicaban, fundamentalmente, a la formación de jóvenes para la política. La concepción que tenían del lenguaje y la verdad o, mejor dicho, la idea que tenían de que la palabra no se apuntalaba en la verdad, sino que, más bien, su uso se justificaba en el ámbito meramente persuasivo, da a entender cuál era, en el fondo, su concepción de la política: la de una mera tensión de fuerzas en disputa, la del poder desnudo de toda verdad o bien, la del triunfo del poderoso sobre el débil.

Así lo atestigua la famosa tesis sobre la justicia del sofista Trasímaco, que Platón describe en República: la justicia y el derecho no son otra cosa que el interés del más fuerte. Logos y política quedan, entonces, en una relación tal que el primero solo tiene una función instrumental al servicio del poder y, en ese sentido, la palabra se convierte en un instrumento de persuasión en las disputas de poder.

Termino con un texto de Fedro, de Platón:

 

No recordaré a Tisias y a Gorgias, que hicieron este descubrimiento: que es necesario contar más con la apariencia que con la verdad, y que, por medio de argumentación, hacen aparecer grande a lo pequeño y a lo pequeño como grande, y disfrazan lo nuevo en formas antiguas y lo antiguo en formas nuevas.


NOTA:
 (*) Horacio Bruera: Abogado y Licenciado en Filosofía, por la Universidad Nacional de Córdoba. Docente a cargo del Curso “Posibilidades y límites de la lógica” de la Fundación Salto.

 

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